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En febrero de 1950, J.R.R. Tolkien comunicaba a sus editores que por fin había dado término,
después de trece años de trabajo, a El Señor de los Anillos. Junto con esta obra, les enviaba otro manuscrito, El Silmarillion;
entre ambas, totalizaban más de un millón de palabras, que de ningún modo estaba dispuesto a reducir o condensar.
En
lugar de intentar persuadir a los editores, Tolkien parecía estar dispuesto a asustarlos, pues les decía: "Mi obra se me ha
ido de las manos. He producido un monstruo; una novela inmensamente larga, compleja, amarga y terrorífica; bastante inadecuada
para los niños, si es que resulta apta para alguien". 1
La Casa Allen & Unwin le había pedido a Tolkien que escribiese
otro cuento infantil según la exitosa fórmula de El Hobbit, ya convertido en clásico; eventualmente, una continuación.
El
Hobbit, había llegado a publicarse gracias a la opinión que mereciera al hijo del editor, Rayner Unwin, un niño de diez años
en 1936. Ahora Rayner Unwin, ya adulto, presidía la empresa, y seguía admirando a Tolkien. ¿Se atrevería a arriesgar su negocio
publicando una obra cara, monumental e inclasificable, respecto de la cual nadie sabía cómo reaccionaría el público?
Por
suerte para nosotros, se atrevió, y no tuvo que arrepentirse, porque el libro llegó a las quince ediciones sólo en Inglaterra.
Traducido a dieciséis idiomas, desde el sueco y el japonés hasta el polaco y el hebreo, se calcula que hasta ahora lo han
leído unos cinco millones de personas. En cuanto a la otra obra, más trascendental quizá (El Silmarillion) que había sido
escrita antes que todas las demás, tuvo que seguir esperando, y sólo vio la luz como obra póstuma en 1977.
Aquella
especie de azoramiento con que Tolkien contemplaba su obra, podría dar motivo para toda una reflexión sobre la creación literaria.
Quizá donde mejor se exprese su experiencia como escritor sea en un texto que fue elegido para leer en una misa que se celebrara
tras su muerte en 1973. Es el cuento titulado Hoja de Niggle; un pintor minucioso (Niggle) se propone pintar una hoja de árbol
en el viento: pero lo hace con tanto detalle y realismo que se ve obligado a continuar por la rama, el tronco y todo el follaje
restante, hasta que el árbol crece y lo invade todo; entonces, entre sus ramas aparece un paisaje que el pintor jamás había
imaginado.
Este parece ser el camino que siguió la creación de Tolkien. Es como si la obra hubiese ido creciendo por
s¡ sola, imponiéndose sobre su autor, dictándole sus leyes y absorbiendo los mejores años de su vida.
Cuando estaba
culminando la trilogía de El Señor de los Anillos, Tolkien anotó en su diario (4 de mayo de 1944): "Un nuevo personaje ha
entrado en escena (estoy seguro de no haberlo inventado)... Si sigue adelante, no tendré más remedio que desplazarlo al Apéndice...".
"No trates de inventar, sino de encontrar", dice en otra parte. Tolkien creía que al escribir sus mitos de algún modo
estaba "descubriendo", no "inventando"; que de alguna manera éstos, siendo un producto de la imaginación, no eran una "mentira",
sino una manifestación de la Verdad.
No es que pensara que eran alegorías del mundo real; despreciaba la alegoría
como literatura didáctica. Como cristiano, pensaba que el hombre se ha separado de la Verdad absoluta (Dios) por el pecado
original, pero como no está enteramente perdido ni enteramente transformado, des-graciado pero no des-tronado, conserva un
destello de la sabiduría divina, como una luz reflejada; en consecuencia, cuando maneja la fantasía se convierte en un "sub-creador".
Sólo por la creación de mitos, sólo volviéndose sub-creador e inventando historias, puede el hombre aspirar al estado de perfección
que conoció antes de la Caída.
Acéptese o no esta tesis teológica como teoría literaria, Tolkien creía en ella, de
modo que tendremos que admitir que su verdadera biografía no está en su vida sin altibajos, sino que hay que buscarla en sus
monumentales obras de ficción, en el mundo arcaico de la Tierra Media, que supo hacer real para nosotros. Ésta será su biografía
espiritual, que habrá que pensar en contrapunto con su existencia aparentemente incolora de profesor de filología.
UNA
VIDA ACADÉMICA
Al igual que Platón, John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973) alcanzó la envidiable edad de 81 años, de
los cuales la mayor parte transcurrió entre los apacibles muros de la Universidad de Oxford, donde enseñaba filología inglesa
medieval, sin otras alternativas que las que suelen jalonar la vida de un académico.
Si bien ingleses de varias generaciones,
los Tolkien (Tollkhn) eran originarios de Alemania. Nuestro autor nació en Bloemfontein (Sudáfrica) donde su padre era gerente
de banco.
La temprana pérdida del padre obligó a la familia a volver a Inglaterra. Radicados en Sarehole, una aldea
cercana a Birmingham, Ronald (J. R. R.) y su hermano menor, Hillary, gozaron de una infancia plena de experiencias en el campo
y el bosque, a pesar de la difícil situación económica en que habían quedado.
A los doce años, Ronald quedó solo con
su hermano, al morir la madre; desde su regreso a Inglaterra, ésta se había convertido al catolicismo, y les había dado una
educación católica. Los niños quedaron a cargo de una tía y bajo la tutela de un sacerdote, quien también ayudó económicamente
a Ronald para que pudiera continuar estudiando.
Siendo adolescente, se enamoró de Edith Bratt, también huérfana, y
pese a todos los impedimentos que surgieron para su unión, se casaron a comienzos de la Primera Guerra Mundial, cuando Ronald
había sido enrolado y estaba terminando sus estudios; los Tolkien vivieron cincuenta y cinco años juntos y tuvieron cuatro
hijos: uno de ellos fue sacerdote, y otro, Cristopher, se ha encargado de ordenar y editar la obra de su padre. Tolkien dedicó
a su mujer algunos de sus mejores poemas, y la incorporó al Silmarillion como personaje, con el nombre de Lúthien. Con las
limitaciones de la época -Edith jamás compartió las amistades de su esposo ni participó de la vida académica- la suya fue
una relación profunda, y Ronald sólo le sobrevivió dos años.
Durante la Primera Guerra Mundial, Tolkien estuvo en
el Somme y perdió a sus mejores amigos. Al terminar la contienda, se hizo cargo de una cátedra de filología inglesa en la
Universidad de Leeds. Posteriormente, se dedicó a la investigación y la docencia en Oxford, donde pasó por todos los grados
académicos y obtuvo su doctorado, honoris causa, poco antes de jubilarse.
Ya en 1917 comenzó a escribir lo que sería
el Silmarillion, un gran mito sobre los orígenes del mundo y la lucha entre el Bien y el Mal, concebido con el modelo de los
grandes poemas épicos nórdicos (los Eddas) y finlandés (el Kalevala); por entonces, su intención era darle a Inglaterra un
pasado mitológico e inmortalizar el paisaje inglés.
En 1926 conoció a Clive Staples (C.S.) Lewis, también medievalista
y escritor, con quien le uniría una amistad de toda la vida, reflejada en las obras de ambos. Tolkien fue quien logró convertir
al cristianismo al agnóstico Lewis, a través de una larga plática que luego dio origen a su poema Mythopoeia; pero Lewis se
hizo anglicano y no católico. Tolkien siempre lo criticó, con una austeridad muy oxoniense, por haberse convertido en "teólogo
popular" y escribir un libro infantil por año, con una periodicidad que a su entender era bastante "frívola".
Junto
con Lewis, fundaron el grupo literario conocido como The Inklings, al cual pronto adhirió el novelista Charles Williams; este
grupo habría de desempeñar un importante papel en la literatura de su tiempo.
Por ese entonces, Tolkien había escrito,
un poco como juego, El Hobbit, que logró publicar en 1937. A petición de los editores, prometió escribir una continuación
de la novela, pero poco a poco ambos mundos, el de las aventuras de Bilbo Bolsón y la mitología del Silmarillion, empezaron
a fundirse, y lo que era una historia infantil e ingenua comenzó a convertirse en epopeya. La obra fue creciendo desmesuradamente
entre 1937 y 1949, y para publicarla fue necesario dividirla en tres tomos; el tercero apareció en 1955, tres años antes de
que Tolkien se jubilara como profesor.
A partir de 1965, el panorama cambió radicalmente, cuando los estudiantes norteamericanos
descubrieron la obra. Hubo una batalla legal a raíz de una edición pirata hecha en EE.UU. por Ace Books, que terminó con la
victoria de Tolkien, apoyado por una verdadera liga de lectores, y la aparición de una nueva edición en rústica (Houghton
Mifflin, 1965).
Fue el comienzo de su apoteosis; Tolkien ingresó en la cultura del campus de los años '60, y su nombre
se hizo mundialmente famoso. Como Bilbo Bolsón, recién entonces, retirado de la docencia, pudo disfrutar de un bienestar económico,
que nunca había tenido. Se convirtió en un mito, y en el centro de una polémica que dividía a los críticos; su obra no admitía
términos medios: había quienes la adoraban y quienes la execraban.
Un año antes de morir, en 1972, Oxford le confiere
el Doctorado en Letras honorario, con la aclaración de que premia sus trabajos filológicos y no sus novelas.
J.R.R. Tolkien
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